You are here

Un sueño que tardó 30 años

testimonios_barquero_costarica_esp-1.jpg

Elia Barquero sonríe desde su silla de plástico, mientras a su espalda, un grupo de jóvenes voluntarios de Hábitat para La Humanidad Costa Rica construye la primera vivienda propia que ha tenido en sus 68 años de vida. No disimula su alegría a pesar de que su esposo, Mario Arce, de 71 años, sufrió hace varios meses un derrame cerebral. Debido a esto perdió la capacidad de caminar y, en gran medida, del habla.

A su lado está una de sus hijas, Jacqueline, de 39 años, escuchando atentamente la historia que relata los comienzos de sus padres en Coto 47, un pequeño pueblo enclavado en la antigua zona bananera de Costa Rica. Cuando la compañía bananera dejó la zona sur hace 35 años, el entonces joven matrimonio compuesto por Mario y Elia buscó un mejor futuro en Pérez Zeledón. Dos colchonetas y un banquito de madera eran sus únicas posesiones. Alquilaron una vieja casa de madera hasta que se cansaron de cuidar lo ajeno y decidieron construir su propia casa.

Sin dinero para materiales, tuvieron que hacerla también de madera. Sin recursos para la mano de obra, fueron sus propias manos las que acumularon cayos y heridas. Elia recuerda como sus hijos, pequeños entonces, recogían piedras que se encontraban a la orilla del camino y en lotes baldíos para construir el drenaje. El sueño de tener una casita de cemento quedaría como un anhelo latente que habría de esperar casi 30 años hasta que se encontraran con Hábitat para la Humanidad.

Quizás el lejano recuerdo de un Mario joven, fuerte y emprendedor, que levantó con sudor y esfuerzo su hogar, hace para su familia más difícil el hecho de verlo casi inmóvil en una silla de ruedas. Tras varias décadas de trabajo en una entidad pública, obtuvo una pensión de 250.000 colones mensuales. Doña Elia debe estirar esta pensión hasta sus límites y hacer que alcance para la comida, los pañales desechables que ahora Mario debe usar en una especie de segunda pero pesada infancia a los 71 años. A estos gastos se suman el alquiler de una cama especial, medicamentos y otros cuidados que debe recibir el antiguo sostén de la familia.

Jacqueline es auxiliar contable, pero tuvo que dejar su trabajo para ayudar en el cuido de su papá. Fue gracias a ella que tuvieron el primer contacto con Hábitat. “Tengo una amiga que trabaja para Hábitat”, dice ella. “Se llama Karen. Siempre salíamos juntas a hacer compras, hablábamos de todo un poco y yo hasta llegaba con frecuencia a su oficina. ¡Pero nunca me pasó por la mente preguntarle qué hacían allí! Un día, por casualidad, le conté sobre la difícil situación en mi casa. Fue entonces que Karen me dijo a lo que se dedicaba Hábitat para La Humanidad y que quizás ellos nos podrían ayudar”.

De aquella conversación fortuita ya ha pasado un año y medio. Y lo que han vivido en este corto tiempo ha enriquecido sus vidas más que todos los años anteriores.

“Cuando se iban levantando poco a poco las paredes grises de la nueva casa, me decía a mí misma que esto era demasiado”, comenta Jacqueline, mientras su madre, mujer de pocas palabras, solo atina a mirar con sus ojos llenitos de asombro el trabajo incansable de los voluntarios.

Esos mismos jóvenes caminan de un lado para el otro con blocks, sacos de cemento, sachos, niveles y una permanente sonrisa en el rostro, como niños montados en un carrusel, sabiendo que algún día este dejará de dar vueltas y que por eso deben disfrutarlo al máximo.

“Al principio me daba vergüenza con los voluntarios, pero después descubrí que son todos muchachos humildes y que solo desean ayudar sin recibir nada a cambio. Sin embargo los ayudamos en todo lo que podemos. Les hacemos el almuerzo. Los vecinos a veces nos ayudan con pan, carne, arroz y leche. Así los tenemos bien alimentados”, dice la solícita hija de doña Elia con su amplia sonrisa.

La visita de estos jóvenes voluntarios de distintas latitudes y reunidos en un solo objetivo por Hábitat ha causado un revuelo en la comunidad. Han establecido lazos de amistad que causarán lágrimas a la hora de partir. Todos los vecinos se preguntan qué hacen y por qué. Así, muchos se han enterado de la existencia de Hábitat para la Humanidad y de qué entre ellos hay una organización que puede ayudar a mucha gente necesitada como la familia de Mario Arce. Pero esta ya no es una historia de necesidad, es una historia de éxito.

Cuando dejamos a la familia Arce, su casa está casi terminada. Podemos imaginar a don Mario entrando en su nuevo cuarto, observándolo todo con sus ojos vivarachos y aún encendidos a pesar de la poca movilidad de sus extremidades. Imaginamos a doña Elia viviendo la realización de un sueño que tuvo que esperar 30 años de lucha.