You are here

La vida en tres metros cuadrados

   
 

testimonios_zamora_cr_esp-1.jpg

   

Dina Quintanilla Zamora tiene un rostro amable y moreno, unos ojos algo achinados que se inclinan hacia abajo dándole un toque de ternura a su mirada y dientes blanquísimos que adornan esa amplia sonrisa con la que nos recibe. Gesticula tan efusiva y cortésmente que, por un momento, nos hace olvidar la raquítica y pequeña estructura que casi parece tambalearse a sus espaldas y que ella llama su casa.

El ranchito donde vive no pasa de ser literalmente un poco de madera y latas de zinc. El sitio tiene apenas tres metros cuadrados. En el poco espacio disponible debe acomodarse Dina con sus cuatro hijas: Iveth, Francis, y las gemelas Karol y Carolina.

La cama en la que duerme Dina junto con Iveth y Francis no tiene colchón. Para suavizar un poco la dura madera y poder conciliar un poco el sueño, colocan una colcha encima de los tablones. Karol y Carolina tienen que dormir literalmente en el corredor del ranchito contiguo, en donde vive su abuela, colocando una espuma para hacer más pasables las noches.

Dentro de los tres metros cuadrados de su casa acomodan como pueden las pocas pertenencias que poseen. Basta detenerse en el centro del cuartito, ladear un poco la cabeza hacia la izquierda y hacia la derecha para tener una percepción total del lugar. A la izquierda vemos un pequeño fogón con un par de ollas de aluminio, pero presentimos que el menú ese día no dará para mucho pues, al mirar junto al fogón, vemos solo unos tarros plásticos con un poco de arroz, frijoles y azúcar, y una botellita de aceite a la mitad. El agua con la que cocinan es traída con baldes desde un río cercano.

Al mirar a la derecha vemos la cama con su madera desnuda, sin el colchón indispensable para que sus pequeñas ocupantes puedan descansar bien después de asistir a la escuela.

testimonios_zamora_cr_esp-2.jpg

testimonios_zamora_cr_esp-3.jpg

Las latas de zinc y de plásticos con que está hecha la casa tienen una gran cantidad de agujeros, por los cuales se filtra el agua cuando llueve y el sol cuando está de verano, por lo que la casa se mantiene o muy fría o muy caliente dependiendo del clima. El techo de la vivienda está en tal mal estado, que para mantenerlo atado a la estructura debe sostenerse con un tronco, pues el fuerte viento que frecuentemente sopla en la zona siempre amenaza con llevárselo.

De igual forma sus hijas no pueden estudiar dentro de la vivienda, ya que hay solamente un bombillo en lo que es el cuarto, pero no funciona, por lo que las chicas no tienen un lugar apropiado dónde hacer sus labores escolares.

La pareja de Dina es un ayudante de construcción que vive actualmente en Liberia, cabecera de la provincia de Guanacaste, donde hay más opciones de conseguir trabajo. Él aporta a su hogar entre 50.000 y 100.000 colones para la manutención de la familia.

Cuando llega el momento de marcharnos, Dina vuelve a llenarnos con la suavidad de su amable rostro, con la sinceridad de esa gran sonrisa que nos hacía despegar el lapicero de la libreta de apuntes y hacernos sentir que estábamos conversando amenamente con una vieja amiga. Y, al igual que pasa con los verdaderos amigos, a quienes despedimos con la nostálgica seguridad de volverlos a ver, esperamos reencontrarnos algún día, pero con las llaves de su nueva casa en nuestras manos; esas llaves que les abrirán un mundo nuevo, un mundo mucho más amplio y lleno de oportunidades que aquel mundo de tres metros cuadrados ha podido conocer.

testimonios_zamora_cr_esp-4.jpg


Escrito por Andrey Araya