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Una historia caribeña del espíritu humano

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Niños de la familia Allen en su casa de Hábitat. Anteriormente no tenían ni un inodoro, ni electricidad.

“Era como una casa condenada. Solo un cuarto. No teníamos ventanas. No había luz…el lugar era muy caliente. Incluso en las noches, ¿se imagina? Siempre caliente”, dice Monaselle Allen, de 43 años, procedente de Non Pareil, Guyana, quien vivía con sus ocho hijos y sus ocho nietos en una diminuta choza de un solo cuarto. Las terribles condiciones de vida condujeron a la ruptura de su matrimonio. Las paredes y las camas se mojaban cuando los habitantes del piso de arriba limpiaban un inodoro. Los hijos mayores venían tarde a casa, solo para dormir. La hija mayor prefería quedarse en casa de alguna amistad. Algunos de los niños dormían en una cama, mientras que los otros lo hacían en el corredor de un metro. Monaselle hacía su cama en una silla cerca de la puerta. Su esposo no pudo tolerar la situación.

Monaselle se pasó a su nueva casa de Hábitat para la Humanidad el 21 de abril del 2000. Era Viernes Santo. Afuera estaba lloviendo, pero Monaselle estaba decidida a pasar la Pascua “en casa”. Pidieron una manta prestada a un vecino, cubrieron todo en un camión y se pasaron. Volviendo la vista atrás, ella a veces no creía que junto con tres de sus hijos, un maestro de obras y unos cuantos voluntarios construyeron su casa en 18 días.

“Yo decía…no puedo hacer ésto”, nos dice Monaselle. “Aún cuando la pared estaba ya terminada y yo tenía que llenarla con arena, …miro estos tres muchachitos y me digo, Padre, ¿cuándo vamos a terminar esto? Pero cuando comenzamos a hacerlo, nos dimos cuenta de que era muy divertido. Usted sabe, trabajar con otras familias..hacer cosas que uno mismo nunca hubiera pensado hacer”. Dentro de su nueva casa de concreto, con ventanas y llena de luz, siete niños se amontonan en el sofá para leer libros. Una alfombra roja cubre el piso lleno de rectángulos amarillos y triángulos azules. Las flores y las plantas han encontrado su hogar al lado del sillón y la televisión. Monaselle dice que en Guyana la gente tiene el terreno, pero no tienen los recursos para construir una casa, ni para tomar un préstamo. Dice además que Hábitat para la Humanidad es un milagro.

“Ahora mis hijos se pueden sentar cómodamente y estudiar…incluso mis nietos me dicen ‘mami, aquí es mucho mejor’ ”, dice Monaselle. “Los hijos mayores nunca antes habían traído amigos a casa. Nunca quisieron hacerlo. Pero desde que estamos aquí, todos traen a sus amigos a visitarnos, los traen a ver su nueva casa y a pasar el día en ella”.

Monaselle no piensa dejar de trabajar con Hábitat solo porque ya ha terminado su casa. Las familias que trabajan en su barrio han aprendido unas de otras trabajando con Hábitat. Ella dice que cuando ni pensaba en terminar su casa recibió aliento de una amistad, y ahora desea dar aliento.

“Si alguien me pudo alentar para seguir adelante, y al final logré tener mi casa, ¿por qué no puedo alentar yo a alguien más?” dice. “Por qué no puedo hacerlo por alguien más?…Cuando nos damos a los demás, Dios se vuelve también en nuestra dirección. Y yo sé que este es un gran paso en mi vida”.
Maria Palumbo y Sinikka Henry