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Joven decide vacacionar construyendo la esperanza de una familia

Por Manuel Mancuello
SAN JOSE, Costa Rica, Junio 2006.-
Lejos de las exóticas playas del Mar Caribe y el Océano Pacífico que baña las costas de su pequeño país, Costa Rica, Andrés Valenciano, un joven de 23 años que cursa el último año de Ingeniería Industrial, decidió disfrutar unas vacaciones diferentes.

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La búsqueda de opciones

Decidió investigar sobre las oportunidades y opciones, motivado por los emotivos comentarios de su amigo, Javier Artiñano. Éste le comentó acerca de la inolvidable experiencia de un grupo de jóvenes, liderados por su hermano Mauricio Artiñano, que viajó a Nicaragua para ayudar a construir su vivienda a una familia en necesidad.

“Esto despertó en mi la curiosidad de buscar en Hábitat para la Humanidad opciones de voluntariado”, afirma Valenciano.

“Fue muy sencillo, pues ingresé al Sitio Web para explorar sobre los grupos de Aldea Global que realizan una serie de viajes-misión a corto plazo diseñados para vivir una experiencia educativa y espiritual dentro de un ámbito transcultural.”

Una de las opciones que llamó la atención de Andrés fue visitar Sudáfrica junto a un grupo de voluntarios para levantar las paredes de la nueva vivienda de Zelene y sus dos hijos.

“Así que me apunté, -recuerda- y muy pronto estaba en camino. Además de nuestros anfitriones, el grupo estuvo compuesto por 16 voluntarios estadounidenses, canadienses y una muchacha de República Checa.”

Unas vacaciones diferentes
Fueron dos semanas en que Andrés no solo ayudó a construir la casa Zenele y sus dos hijos, sino pudo compartir la alegría y la esperanza de quienes luchan por emerger de la pobreza.

“Hicimos de todo -describe-, desde mezclar el cemento, trasladar materiales, hasta ayudar a construir vigas para los techos.”

“Si bien fuimos para ayudar a construir una casa, pasamos mucho tiempo relacionándonos con la gente. Fuimos a un orfanato y nos impresionó cómo hay gente solidaria que junta a niños de la calle para darle alimento y cobijo. Un día jugamos fútbol con los niños del barrio.”

El idioma, no fue un problema para el voluntario, pues él habla el inglés y éste es uno de los 11 idiomas oficiales de Sudáfrica.

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“Es increíble, pero una de las imágenes que quedará grabada en mi mente por mucho tiempo, no es el de la construcción, sino aquellas mañanas cuando antes de empezar el trabajo, nos reuníamos en circulo los albañiles, las familias y los voluntarios para dar gracias a Dios por sus bendiciones y, reflexionar en lo que fue el día anterior y las tareas que teníamos por delante”

Pobres, pero con recursos
Como dice la frase “Nadie es tan pobre que no pueda dar, ni tan rico que no pueda recibir”, cuando los amigos y familiares de Zenele se enteraron de que estaba construyendo su nuevo hogar, venían de todos lados a aportar su grano de arena.

“No solo me conmovió, sino me impresionó ver a las amigas y hermanas de Zenele llegar al sitio para ofrecer su ayuda. Habían viajado horas y horas para ayudarla. Dieron de su tiempo y dinero.”

“Todos los días de construcción compartimos con Zelene momentos muy agradables.”

La pobreza, algo en común entre América Latina y Sudáfrica
Los tugurios de Sudáfrica, según Andrés, no se diferencian mucho de los cinturones de pobreza de las grandes ciudades de América Latina, como también el alto contraste entre ricos y pobres.

“Durante las dos semanas estuvimos construyendo en Masiphumelele, uno de los Shanty Town, (tugurios o precarios) con una población de entre 15 y 25 mil personas, ubicado a unos 45 minutos, de Cape Town”, explica.

“Camino del aeropuerto al hotel, observaba los precarios. Desde la autopista se veían como un mar de latas. Tan solo uno de esos precarios, Khayelitsha, esta formado por alrededor de un millón de personas”

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Una sola causa, pero con motivos diferentes

“Todo trabajamos por una misma causa, pero con motivos diferentes” reflexiona Andrés.

“Una de las voluntarias de profesión enfermera enviudó recientemente. Aprovechó la experiencia para conocer el lugar, buscar opciones de voluntariado como enfermera y regresar en un futuro cercano”.

“Quienes ya habían visitado Sudáfrica decían ‘cada viaje es una experiencia única’. Al recorrer el barrio veían el progreso de las familias que ayudaron en el pasado. Y descubrían que su ayuda había sido significativa y trascendente.”

“Al ver todo esto te das cuenta que formas parte de un proyecto de largo plazo. Es decir, uno pone los cimientos y construye la casa. Pero luego, las familias van alcanzando nuevos logros. Esto es solo el comienzo”.

El sentimiento del deber cumplido
“Fue emocionante ver la casa terminada. Pues dos semanas antes estábamos cavando la zanja para los cimientos de la nueva vivienda” recuerda.

“Si bien Zelene y sus hijos nos manifestaron una y otra vez su agradecimiento, los dichosos fuimos nosotros porque ésta familia nos abrió las puertas de su humilde hogar. La posibilidad de compartir con ellos sus últimos días en su casa de cuatro latas y desechos… fueron días inolvidables”

¿Y ahora qué?
“Ponerme en los zapatos de otra gente me ayudo a tener una perspectiva diferente del mundo” reflexiona Andrés

“Lo que me dejó es la conciencia de que podemos ayudar y que podemos hacer un cambio. Podemos impactar en las vidas de las personas. Regresé con ganas de replicarlo en mi país o en otro país cercano. Pues pobreza y necesidad hay en todos lados. Es lo que quiero hacer ahora.”

“Hay muchas formas en que uno puede ayudar y no hay excusas. El tiempo uno puede sacarlo. Hay veces que uno puede dar más y otras menos.”

Para más información acerca de ésta y otras experiencias similares puedes contactar con ComunicacionesLAC@habitat.org