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Lluvia de bendiciones

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Por Belkis Santiesteban

MANAGUA, Nicaragua, Junio 2006.-
El primer aguacero fuerte del mes de mayo, cae sobre los techos de zinc de cientos de casitas maltrechas, que pegadas unas contra otras parecieran protegerse de la furia de la naturaleza, en las quebradas calles del barrio capitalino “Memorial Sandino”.

Esta lluvia afectará a muchas familias en Managua, cuyos techos llenos de huecos y herrumbre apenas cobijan a sus ocupantes, dejando pasar como coladores, las gruesas gotas heladas hacia el interior de sus hogares, pero desde hace tres inviernos Zoraida Bermúdez, no ha vuelto a capear las goteras en su techo.

Una corta y a la vez larga vida
Como casi todos sus conciudadanos, a los 38 años de edad tiene una historia triste llena de privaciones: Estudios sin concluir por falta de recursos, matrimonio temprano con otro joven como ella, su primer hijo a los 19 años y muchos días de vivir posando. Primero donde su mamá, y luego donde su suegra, cuya casa compartía con su pequeño hijo, otros 10 niños, más un montón de mayores.

Tantas personas en tan poco espacio, le recordaba a cada momento que debía moverse y buscar algo propio.

Lo primero era tener un pedazo de tierra. Un fuerte movimiento de urbanización precaria, impulsado por grupos comunales en los afueras de la ciudad, en un lugar donde las calles están sobre escarpadas lomas, que suben y bajan hasta no acabar, le dieron la posibilidad de adquirir un terreno, en el año 1993.

Junto a su esposo Guillermo, juntaron para comprarlo y levantaron su primera casa, hecha de ripios de madera, cartón y chapas viejas de zinc. Durante cinco años la consideraron su palacio, pues los protegía y ellos la miraban muy sólida. Era su primera propiedad.

Después del quinto año de habitarla, comenzó a podrirse la madera y esa fragilidad fue detectada por los amigos de lo ajeno, que pronto le comenzaron a hacer visitas no deseadas.

Ella quedaba sola con su pequeño niño casi todo el día y en el barrio la delincuencia iba en aumento. Guillermo trabajaba como celador nocturno y en el día estudiaba para convertirse en técnico electricista. Cada día el riesgo era mayor.

Una mañana se decidió, “si no buscaba no encontraría”. Con una lista en la mano, donde estaban los teléfonos y direcciones de 20 organismos, que posiblemente podrían ayudarla a construir su casita, inició un largo peregrinaje de oficina en oficina. En todos lados le negaban la ayuda, hasta que por fin una puerta se abrió ante ella.

Una respuesta
Esa mañana llegó a Hábitat para la Humanidad a exponer su situación y se le comunicó que muy pronto iniciaría la construcción de un proyecto precisamente en su barrio. Ella cumplía todos los requisitos establecidos ¿Casualidad que fuera en su barrio? Para Zoraida no podía ser más que un milagro.

A partir de ahí todo fue rápido: Los cimientos, las paredes, el techo, el acompañamiento. “Una noche –nos cuenta- cuando aun no se habían instalado las ventanas, ni pegado las losas del piso, vine y me acosté sobre el cemento rústico y dormí muy tranquila, quería sentir el calorcito de mis paredes y la seguridad de mi techo”

El pequeño Guillermo Israel, para entonces, ya había crecido y junto a su padre estuvo al tanto de cada paso en el proceso de construcción. Supervisaban cada bloque que se pegaba, trasladaban ladrillos, batían cemento o doblaban hierro. Se convertían en parte activas de la obra.

Su niño, antes muy callado, comenzó a transformarse en un joven extrovertido y la mayor sorpresa: En el año en que recibieron su vivienda, él inició su carrera como ingeniero civil, con sueños de luego convertirse en arquitecto.

“Ahora es él, mi hijo, quien escoge el color de la pintura para embellecer las paredes o pinta cuadros para adornar la sala de la casa”, dice Zoraida con el rostro lleno de alegría y orgullo.

“Yo busqué una mejora para mi hijo, para que se desarrolle en condiciones diferentes de las que hemos tenido su papá y yo – y agrega- ahora es un joven lleno de ideas y vive diciendo ‘esta es mi casa, esta casa es mía’. Su interés, su seguridad y sentido de posesión han crecido.”

Zoraida está muy orgullosa y feliz. Les cuenta a todos sus vecinos cómo obtuvo la vivienda y les recomienda buscar ayuda. Cree en Hábitat como la hacedora de su sueño y ve a Dios como quien obró su milagro, dándole su propia lluvia de bendiciones.

“Si no hubiera sido por Hábitat, nunca hubiera podido construir mi casa, a menos que me ganara la Lotería”, agrega y ríe feliz mirando hacia fuera, donde la lluvia en vez de disminuir, arrecia.

Seguimos su mirada y pensamos en todas las familias, que afuera de estas cuatro sólidas y cálidas paredes, esperan ansiosas su lluvia de bendiciones, mientras con frío esquivan las gruesas gotas que caen desde sus maltrechos techos.

Más información con Belkis Santiesteban a bsanti@habitatnicaragua.org.ni