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“Si tuvieras fe como un grano de mostaza…”

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Los voluntarios extranjeros junto a las familias anfitrionas


Por Wayne Hess

SAN FRANCISCO, Guatemala, marzo 2007.-
Trece personas procedentes de Oregon, con distintos antecedentes, nos reunimos para visitar Guatemala en enero de 2007 y ayudar a construir casas participando en el programa de Aldea Global, en un afiliado de Hábitat para la Humanidad al otro lado del mundo.

Nuestro grupo
Nuestro equipo estuvo compuesto por dos ingenieros en sistemas, un burócrata retirado del Estado de Oregon, el jubilado encargado de compras de una escuela de medicina, un trabajador social retirado, el propietario de una tienda de artículos electrónicos, un maestro de segundo grado, el administrador de una escuela, un carpintero, un artista y un escritor de obras de teatro. Uno de los ingenieros en sistemas y yo, un Contador Público Certificado jubilado (CPA por sus siglas en inglés), lideramos el grupo.

Nuestro compromiso era obvio, todos donaron a Hábitat Guatemala y pagaron el viaje, incluso algunos sacrificaron sus vacaciones para ir a trabajar duro.

De hecho, nuestra participación se enfocó en que se podía construir algunas casas. ¿Por qué no simplemente enviar el dinero que nos gastaríamos en el viaje? Así, en lugar de construir sólo dos casas, se podría construir siete.

Sin embargo, todos queríamos experimentar el poner “las manos en acción”. Hábitat para la Humanidad es algo más que simplemente construir casas. Es acerca de la creación de relaciones humanas de por vida.

Parafraseando el folleto de información de Hábitat, si se le da a la gente caridad, no podemos tener idea de lo que ese regalo vale para las personas. Asimismo, quien lo recibe no tiene idea de quiénes somos o lo que para nosotros significa ayudarles.

Trabajando en conjunto con los prestatarios tenemos la oportunidad de cambiar su percepción sobre el mundo. En este viaje, por ejemplo, visité a las familias a las que ayudé a construir su casa hace algunos años, y me recibieron y me trataron como a uno más de la familia.

Cada miembro del equipo viajó por su cuenta desde Oregon. Nos encontramos en Antigua, Guatemala, y luego viajamos a Totonicapán, en el altiplano guatemalteco.

El viaje, que normalmente es de cuatro horas, nos tomó seis horas por algunos trabajos que se estaban realizando en la Carretera Interamericana, muy dañada por el Huracán Stan en 2005.

La noche que llegamos, el personal del afiliado nos presentó a las familias con las que trabajaríamos. Una de las casas se localiza en un pueblo cerca de la cabecera, y la otra en San Francisco el Alto. Ambos, a una altitud de más de 2.400 m.

Nos dividimos en dos grupos, y mi grupo trabajó en la casa de San Francisco el Alto, a 45 minutos del hotel.

Nuestros anfitriones
La familia con la que trabajamos está compuesta por el papá, Oscar, su esposa Vidalia, quien estaba en el cuarto mes de embarazo; y sus hijos, Seli Marie de 6 años, Oscar Domingo de 3 años, y Viana Michele de 1 añito.

Hasta que la casa estuviera lista, la familia vivía en un cuarto en la casa del hermano de Oscar. Obviamente estaban ansiosos de terminar su casa.

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Wayne Hess midiendo distancias en la pared de bloques que ayudó a levantar


El trabajo

Los cimientos estaban listos, por lo que nuestro trabajo inició al nivel del suelo.

Un albañil, muy emocionado por dirigir el trabajo de un grupo de gringos, fue el supervisor. Y le tomó un par de días darse cuenta que carecíamos de experiencia, pero se compensaba con nuestra disponibilidad para trabajar.

Todo el trabajo se hace a mano, desde excavar hasta hacer las uniones de la varillas de hierro. El agua se traslada en cubetas, el concreto se mezcla con un azadón, y la arena se tamiza con un cedazo. Nuestra colaboración: un cortador de varilla corrugada de 24” que trajimos con nosotros, que remplazó a la menos eficiente sierra.
    
El aire era ligero, el trabajo duro, pero la carga se hacía ligera cuando Vidalia y los niños llegaban para ayudar.

En algunos momentos tomamos descansos para jugar con los niños. Una Vidalia embarazada, cargando a Viana Michele en su espalda, nos asombraba con su intenso trabajo. Oscar, su esposo, quien trabaja a tiempo completo en una maquila, aportaba su trabajo en las tardes y los fines de semana.
    
Muy pronto nuestra misión de siete días se había acabado, pero logramos progresar bastante. La casa estaba tomando forma. Completamos casi cinco hiladas de bloques, lo que ya definía los espacios de los ambientes.

El albañil, la familia y voluntariado local se harían cargo de terminar la casa. El tiempo necesario para construir una casa de cemento y bloques es de casi 22 días, y como grupo sentimos que habíamos logrado un progreso significativo.

La despedida
Las dos familias y el afiliado organizaron un acto de despedida y agradecimiento para los voluntarios. Palabras con mucho sentimiento, oraciones, regalos y lágrimas acompañaron el acto. Cada uno se llevó consigo un último recuerdo y el compromiso de volver, de ser posible.

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Susan junto a Maria, su nueva amiga


Reflexiones de Susan Gidding-Green

Las reflexiones de Susan Gidding-Green podrían reflejar el sentir de la mayoría de los miembros del grupo.

”Al inicio de mi trabajo en Guatemala, envié un correo electrónico a mis hijas diciéndoles que sabía que mi experiencia con Hábitat sería un detonante en mi vida, pero no sabía cómo. Ahora que estoy de vuelta, y he tenido tiempo de reflexionar, me doy cuenta que lo más fuerte en mí es el sentido de conexión y comunidad, ambos sentimientos hacia la familia a la que ayudamos a construir su casa y con los miembros del grupo de voluntarios.”

“La recompensa por ayudar a esta familia de ocho miembros que ha vivido en una casa de adobe, oscura, a tener una vida mejor, es intangible pero profunda. Por ejemplo, cuando ayudé a María (la esposa y madre que tiene la mitad de mi tamaño) a bajar los bloques que ella cargaba en su espalda; o cuando compartí con ella la tarea de desenvainar frijoles, sentí que se formaba un lazo muy fuerte entre las dos, incluso cuando apenas nos podíamos comunicar. Luego, el café que ella nos servía acompañado de panes recién horneados, en los momentos de pausa a media mañana, sin importar que el café estuviera muy dulce y ralo, fue una de las mejores tazas de café que he tomado. Allí estaban esas personas que tienen tan poco, sirviéndonos a quienes tenemos suficiente. Y los niños estaban tan contentos con tan poco: simplemente jugando en una montaña de arena, puesta allí para mezclarse con pedregullos y cemento; o ver una imagen de ellos mismos en la cámara digital de uno de los voluntarios, era suficiente para hacerlos felices.”

“La conexión con mi grupo, a quienes en su mayoría no conocía hasta que llegamos a Guatemala, fue inesperada y muy satisfactoria. Regresé con un sentido de respeto hacia todos. Pienso que en parte por las experiencias que compartimos. Se llega a conocer realmente a alguien, cuando se comparte la tarea de excavar en los sitios de trabajo, llevando a cabo tareas que nos partían la espalda o mezclando cemento juntos; luego, regresar al hotel con los huesos cansados, llenos de polvo y cubiertos de cemento, a tomar una ducha en la que no teníamos agua caliente, o si se corría con suerte, era una gotera de agua tibia. Ya en la cena podíamos reírnos juntos de los pequeños inconvenientes, que en los Estados Unidos parecerían enormes, mientras compartíamos una cerveza guatemalteca que sabía a gloria.”

“Comparada con las vidas aceleradas que la mayoría de nosotros lleva en los Estados Unidos, el tiempo en Guatemala, donde los pequeños actos, simples y sin complicaciones, pueden significar mucho y brindar mucha alegría, me ha dado un alto en el camino y me ha ayudado a ver mucho mejor lo que es realmente importante en mi vida.”

Para obtener más información, escriba a Karla Recinos, coordinadora de Comunicaciones de Hábitat Guatemala, a krecinos@habitatguate.org. Viste www.habitatguate.org


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