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“Mucho tiempo después que mis manos ampolladas se curen, recordaré haber ayudado a construir las paredes que será un hogar para alguien”

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Por Caitlin Clarke

CARTAGO, Costa Rica, Julio 2007.-
Cuando entré sola en un taxi y salí del hotel donde el resto de mi grupo se hospedaba, estaba nerviosa y tuve un poco de miedo. Después de un mes en Costa Rica, estaba separándome del grupo para trabajar con Hábitat para la Humanidad.

Luego de un viaje peligroso debido al caótico tráfico de San José, por fin llegué a la oficina de Hábitat donde encontré a Kelly con quien iba a quedar durante el fin de semana.

Quedé en la casa ese fin de semana y el lunes fui con otro voluntario a Cartago, ciudad a una hora de San José.

Mientras estuve en Cartago, quedé con una familia pequeña viviendo en una casa de Hábitat. Allí vivían Clara, la dueña de casa, Cecilia su madre, y su hija Maria Angélica.

Maria Angélica asiste una escuela bilingüe donde tiene clases en español e inglés hasta la 2 de la tarde, y las mujeres cocinan comida para un supermercado pequeño del hermano de Clara.

A veces Clara trabajaba en el supermercado por varias horas durante el día cuando no estaba trabajando en la casa

El otro voluntario y yo trabajamos durante una semana desde las siete de la mañana hasta las cuatro o cinco de la tarde. Después de pocos días sentí curiosidad sobre la casa de Clara, dónde había vivido su familia antes de tener su casa propia, y cómo obtuvieron su casa. Entonces empecé a preguntar.

Antes de mudarse a su nueva casa las tres mujeres habían vivido en una casa pequeña y cara con solo dos dormitorios. La hija no tenía un dormitorio propio.

Clara contaba con un terreno donde construir una casa, pero no podía construir una casa.

“Los Bancos cobran mucho para construir una casa en Costa Rica, no tenemos muchos recursos, y es muy difícil construir una casa”, me dijo Clara.

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Después de saber esto, tenía una perspectiva diferente cuando fui a la casa en construcción el día siguiente. Quizás no era una casa grande la que estábamos construyendo, pero sería un hogar.

Esto me dio algo para pensar cuando tamizaba las gravas de la arena, una gran manera de producir ampollas en las manos. Luego, esta arena fina fue usada para pegar los bloques. Ya para el tercer día el capataz nos permitió colocar los bloques.

Después de colocar todos los bloques, teníamos que rellenar los bloques y las columnas con concreto. Tuvimos una mezcladora de cemento, y la mezcla consistía en 50 paladas de arena, 30 de gravas, 8 baldes de agua, y una bolsa de cemento de 50 kilogramos, innecesario decir, que permití a los chicos que la movieran.

Mi trabajo fue girar la rueda para vaciar el trompo mezclador y llenar la carretilla. Luego tenia que pasar los baldes con cemento a la persona en la escalera para llenar la columna.

Después de trabajar regresaba a la casa, cenaba, me duchaba, y me dormía a las ocho y media. Esto era muy diferente de mi horario normal en la universidad, donde me dormía usualmente a las dos de la mañana.

Aunque soy una persona muy joven, mis manos muestran la evidencia de haber alcanzado algo. Por mezclar cemento y construir paredes, por llevar un balde de agua y colar las gravas de la arena, yo ayudé a crear algo nuevo. Ayudé a construir un hogar. Incluso si nadie recuerda a una chica de Mississippi, yo voy a recordar el trabajo que hice mucho tiempo después de que mis ampollas se curen. Voy a recordarme ayudando a construir las paredes que van a ser un hogar para alguien. Otra casa no cambiará.


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