Cómo forjar un nuevo mundo -- Habitat for Humanity Int'l 1

Cómo forjar un nuevo mundo

Por Steve Little

Hace unos meses, mientras hablaba con un empleado amistoso y esperaba mi café con leche, observé un cartel que rezaba: "Se necesita personal”, pegado a la pared. El cartel llamó mi atención debido a lo que me invitó a hacer.

No me ofrecía un trabajo haciendo café espresso ni operar una caja registradora ni tampoco el cartel era una invitación para lavar platos o limpiar el piso. El cartel me invitaba a formar parte del equipo y "crear la experiencia".

Éste podría ser un buen momento para hacer una confesión: en realidad, a mí no me gusta mucho el café.

Sin embargo, me encanta el olor de los pastelitos. Me gusta la forma en que me saludan cuando finalmente llega mi turno, así como la gente que sonríe y corre sus sillas para que otro cliente se pueda acomodar, y las personas que no conozco que están contentas de compartir una sección de su periódico.

Me gusta la comunidad y la experiencia.

Una experiencia con la comunidad es lo que también me atrajo a Hábitat para la Humanidad. En 1991, la organización celebró su 15.º aniversario construyendo casas en todo los Estados Unidos. Grupos de voluntarios viajaron de ciudad en ciudad y construyeron casas en los lugares donde pararon por el camino, y finalmente convergieron en Columbus, Ohio, para la celebración final.

Me tomé una semana de vacaciones, salí con la mujer que se convertiría finalmente en mi esposa y nos inscribimos para una experiencia que cambió mi vida.

Al igual que mi actitud actual sobre el café, en ese momento no me preocupaba realmente y ni siquiera sabía mucho sobre las casas inhabitables. Supongo que me gustaba ayudar a la gente tanto como cualquier otro, pero si podía divertirme, conocer nuevos amigos y ayudar a las personas al mismo tiempo, ¿qué más podía pedir?

Los años han hecho un revoltijo de los recuerdos de esa semana: me acuerdo de haber dormido en el piso de una iglesia y de las inmensas ampollas en mis manos. Recuerdo cómo temblaba esa fría mañana, tratando de calentar mis manos en una taza de café tibio y poco cargado, mientras deambulaba por un campo, camino al sitio de la construcción, mientras el rocío de la mañana cubría y chorreaba por mis nuevas botas de trabajo.

Recuerdo haber conocido personas; algunas eran doctores o abogados, otras eran estudiantes o empresarios. Algunas estaban desempleadas; otras trabajaban cuidadosamente en la casa donde su familia viviría finalmente. Alguien me enseñó pacientemente a construir el marco de una puerta. Recuerdo haberme reído y quejado sobre la comida con una futura familia propietaria, y me acuerdo que observé viejos amigos abrazándose, llenos de alegría, todos sudorosos, que gritaban cosas como: "¡No te volví a ver desde esa obra en Albuquerque!”

Recuerdo la comunidad y la experiencia.

Cuando pienso en ese evento, me acuerdo del quincuagésimo aniversario bíblico; cada 50 años, cuando se condonaban todas las deudas, se dejaba en libertad a todos los esclavos y todos regresaban a casa sin tacha. ¡Qué experiencia debe haber sido... de repente, no hay sirvientes ni amos! Los límites socioeconómicos se habían suprimido completamente. No importa lo que ocurrió en el pasado; es hora de regresar a casa y de volver a nuestra comunidad. (Apuesto a que la celebración durante esos años de aniversario hizo que la construcción en Albuquerque, en comparación, fuera una mucho más simple e informal.)

Ahora trabajo para Hábitat y cada vez que escucho sobre un nuevo evento especial, me da un poco de pánico, sólo un poco. ¿Acaso no es demasiada energía para invertir solamente en un puñado de casas? ¿Nos ayudará este evento a lograr nuestra misión? Sé por experiencia que muchos de esos voluntarios sólo vienen para divertirse. ¿Saben ellos lo que son las casas deficientes? ¿Saben que el mundo espera otros 70 millones de nuevos habitantes urbanos este año? ¿Comprenden que la mayoría de esas personas vivirán en la miseria todas sus vidas y que para ellas hasta una humilde casa Hábitat será tan inalcanzable como el Taj Mahal?

La pregunta no me ha dejado dormir toda la noche: ¿Por qué invertimos recursos en eventos que demandan tanto tiempo, organizados con esplendidez, cuando podríamos usar los mismos recursos para mudar discreta y eficazmente a varias familias más a viviendas dignas?

Nuestra misión no se trata de eventos especiales ni de voluntarios. Cuando se deja de lado todo lo demás, nuestra misión ni siquiera es construir casas en realidad.

Nuestra misión se trata de crear un mundo donde todos tengan un lugar simple y digno donde vivir. Se trata de crear un mundo donde cada niño pueda crecer en un hogar donde lo cuiden, y crear vecindarios que protegerán a ese niño, y familias que garantizarán su bienestar.

Se trata de la comunidad y de la experiencia.

Y la experiencia creada reviste una importancia más fundamental que preparar una buena taza de café. La experiencia Hábitat necesita cambiar de actitudes. Debe ofrecer nuevas posibilidades para el futuro y transformar a los voluntarios informales en defensores de la causa de las viviendas dignas; en personas que comprendan la situación habitacional y que estén comprometidas a cambiarla, cueste lo que cueste. Esta experiencia debe cambiar completamente a todo el mundo y hacer que los participantes, tantos voluntarios como familias propietarias, quieran vivir sus vidas al servicio de los demás.

Sin embargo, para el resto de nosotros, los organizadores de eventos, la experiencia es muy distinta en realidad. Los organizadores de eventos se irritan cuando la gente se queja de la comida y el café poco cargado. Nos molestamos cuando debemos explicar a la gente cómo construir el marco de una puerta, y nos volvemos totalmente rezongones cuando nuestros voluntarios deambulan bajo el rocío de la mañana, en vez de esperar alineados sus instrucciones diarias.

Pocos de nosotros, los organizadores del evento, viviremos esa experiencia eufórica que brinda sólo una mirada desde la cima de la colina.

Sin embargo, eso es exactamente lo que ofrecemos: estamos forjando un mundo donde todo esté bien (aunque sea por unos días). Vivimos en armonía y creamos una comunidad donde no nos juzgan por el color de nuestra piel o la cantidad de nuestro recibo de sueldo, un mundo donde no nos juzgan por el pasado, y somos libres de vivir el momento.

Y el resultado final de esa experiencia es una humilde construcción, una casa simple donde un niño crecerá, jugará y aprenderá sobre todo lo que es bueno en el mundo.

¿Entonces qué permiten lograr los eventos especiales? Ellos se pueden (y se deben) medir ateniéndose solamente a los números: donaciones recibidas, historias publicadas en los medios, casas construidas, familias asistidas, voluntarios que participaron, etc., etc. No obstante, mediante nuestros eventos especiales, logramos algo mucho, mucho más importante: creamos la experiencia y la comunidad.

Steve Little es Director de Comunicaciones para HFH América Latina y el Caribe.