Más que casas… Habitación -- Habitat for Humanity Int'l 1

Más que casas… Habitación

Aportes para un abordaje de la sostenibilidad social en Hábitat para la Humanidad.
Por Eric Solera Mata

 


Las mujeres trabajan juntas en la Asociación de Bordadoras de Varjada.

   


En un foro sobre la vivienda en Costa Rica hace varios años, uno de los panelistas dijo que “hubo un momento en que nos dimos cuenta de que cuanto más casas construíamos, más problemas causábamos”.

¿Es que una casa no es en sí misma una solución?

La parte más sorprendente de esa declaración fue que la profirió el presidente de una de las organizaciones no gubernamentales de Costa Rica más reconocidas por su trabajo exitoso facilitando el acceso a la vivienda adecuada. ¿A qué problemas se podría referir?

En realidad las dificultades no se relacionaban con cuestiones técnicas de la construcción ni de la calidad de los materiales de la vivienda. La organización se había ocupado bien de todos estos aspectos.

En cambio, este panelista se refería a los problemas en la vida de la comunidad originados por los proyectos de vivienda que se concentran en los aspectos técnicos y financieros, pero que ignoran la dinámica social que es influenciada por dichas intervenciones. Problemas tales como conflictos internos, violencia, pasividad, deterioro físico del vecindario y de las casas, alta rotación de residentes, todos los cuales afectan sustancialmente la funcionalidad de las casas que tanto había costado construir.

Porque cuando hablamos de habitación estamos pensando en algo que es mucho más que un objeto o forma construida; se trata del acto social y humano de habitar, en el que el ser humano se compromete de forma integral con su identidad, sus relaciones, sus visiones de mundo, su organización y su lucha por sobrevivir. Según el filósofo Martin Heidegger, “Construimos porque habitamos; no habitamos porque construimos”. De modo que entendemos el hábitat como un sistema que hace posible la vida; mucho más que una simple geometría de objetos o de seres agrupados en un mismo espacio.

Por supuesto, esta reflexión no implica que una organización dedicada a la vivienda deba resolver cada problema en una comunidad. En cambio, sugiere que la forma en que una organización implementa un programa de vivienda debe dar como resultado una comunidad socialmente fortalecida.

Las intervenciones de vivienda deben promover mejores relaciones entre los vecinos, estimular la participación responsable y empoderada de los pobladores, facilitar el intercambio de saberes. También deben propiciar que la comunidad establezca vínculos con otros actores clave, se comprometa en la defensa del derecho a la vivienda adecuada, fortalezca el sentido de pertenencia de sus miembros y cuente con una visión compartida del futuro.

Y todo esto no solo por una cuestión de principios sino también de alcance del impacto y de su sostenibilidad; una sostenibilidad que por su cualidad podemos catalogar como social.

¿A qué nos referimos por “sostenibilidad social”? Veamos algunos ejemplos.

En ocho proyectos de vivienda en Costa Rica con subsidios estatales para familias de bajos ingresos, un estudio realizado años después consideró que cuatro de ellos eran exitosos y cuatro no. Se definió el “éxito” en función del nivel de arraigo de los habitantes, el grado de satisfacción por parte de las familias, el mantenimiento y las mejoras de las casas y de la infraestructura comunitaria realizadas una vez concluido el proyecto.

Apelando a métodos estadísticos, el estudio demostró que los proyectos más exitosos fueron aquellos con una mejor organización comunitaria y una mayor participación familiar en las distintas etapas del proceso, y no solo durante la construcción. Estos proyectos demostraron mejores resultados en todos los indicadores antes mencionados.

Aunque corresponda a una realidad nacional concreta, el estudio permite identificar un círculo virtuoso articulado a partir de los binomios: organización-participación, identificación-arraigo comunitario, mejora cualitativa-sostenibilidad social del proyecto.

Ninguna organización no gubernamental ni de otra naturaleza podría sostener y multiplicar el alcance de su impacto durante mucho tiempo sin el protagonismo de una comunidad. Aun una gigantesca inversión de tiempo y dinero encontrará su límite y dará paso al deterioro, subutilización o la destrucción de lo realizado, si la comunidad no asume y es capaz de gestionar su hábitat.

El Proyecto Varjada es Brasil es un ejemplo del éxito de Hábitat para la Humanidad en este tipo de procesos. La participación de líderes comunitarios en la toma de decisiones demostró que, a pesar de otras prioridades sugeridas, el agua potable era la necesidad más apremiante. Bien sabía la comunidad que esto era primordial para su calidad de vida, sobre todo para las mujeres que pasaban muchas horas en la extenuante labor de recolectar el agua desde largas distancias.

Al cambiar esta situación, aquellas mujeres pudieron dedicar más tiempo a la producción y venta de artesanía textil, lo que a su vez permitió otros efectos importantes: aumentaron los ingresos familiares, incluso posibilitando la inversión en otras mejoras habitacionales; se fortalecío su autoestima; se construyeron nuevos vínculos con otras comunidades por medio de la comercialización; se fortaleció la organización comunitaria cuando las mujeres constituyeron una asociación y desde ahí empezaron a liderar el desarrollo de toda la comunidad.

Otro ejemplo se refiere al trabajo de Hábitat para la Humanidad Chile con los grupos indígenas mapuches en la región del Biobío (Araucanía). Se han enfrentado retos importantes en los proyectos habitacionales con estas poblaciones: el primero consiste en lograr la mayor asimilación posible de las concepciones mapuches acerca del diseño, espacio y distribución de las casas, pero adaptándolas a las condiciones y parámetros de los barrios urbanos. Por ejemplo, la ubicación de las ventanas respecto a la salida y puesta del sol permite una mayor identificación simbólica de los mapuches con su nueva residencia, lo que les motiva a comprometerse con el mejoramiento de ese lugar.

Otro desafío enfrentado fue la integración de los recién llegados a la comunidad existente. Los nuevos vecinos, especialmente si provienen de zonas marginadas, a menudo son despreciados. En este caso, en que la brecha se acentúa por razones étnico-culturales, los prejuicios y conflictos también se incrementan y se tiende a una fragmentación de la comunidad, lo que afecta la integración y las opciones de desarrollo de los recién llegados.

Por este motivo, Hábitat Chile creó oportunidades para que los residentes se conocieran con las nuevas familias, valoraran sus diversas culturas y pudieran crear vínculos de cooperación. Desde el punto de vista constructivo los diseños de las nuevas casas son agradables y se integraron armoniosamente con el conjunto habitacional existente, de manera que la comunidad receptora no percibe que su contexto habitacional desmejora ni se fragmenta.

Son apenas algunos ejemplos concretos que sirven para constatar que la sostenibilidad social solo se consigue con concepciones y acciones intencionales que potencian las dinámicas comunitarias desde nuestros proyectos habitacionales. Porque en definitiva una vivienda no es una solución en sí misma, si no contribuye de manera sostenible con el acto humano y social de habitar, que es mucho más que construir casas y ocuparlas. Y si la casa no es habitación, solo será sepultura de esperanzas muertas.

Quizá al final podamos decir que las casas realmente no se hacen, tan solo nacen en el corazón de la existencia humana cuando ésta realiza su irrepetible ser en el mundo. Luego, testimonia el poeta Neruda, las casas van “creciendo, como la gente, como los árboles”. Puede ser que en las ánforas de ese verso esté el secreto de la sostenibilidad que andamos buscando.

Eric Solera es el Gerente de Desarrollo Comunitario de la oficina de área para América Latina y el Caribe de Hábitat para la Humanidad Internacional.